EL MAPA DE LA CONCENTRACIÓN
De la doctrina totalitaria que el nacionalsocialismo profesa, se deriva, ineludiblemente, la organización concentracionaria de la sociedad. La menor manifestación de independencia, la menor diferencia, debía segregarse del resto. Entre 1933 y 1939, esa organización se limitará a ir apartando a los opositores (reales o imaginados) al sistema: comunistas, socialistas, demócratas que van siendo sometidos a penas de prisión en virtud del sistema de detención preventiva, una fórmula de segregación que fue autorizada por Hitler tras el incendio del Reichstag. Los primeros campos de concentración - Dachau, Buchenwald, Sachsenhausen- fueron poblándose con ese género de ciudadanos marginados por el sistema, sujetos e indefensos ante detenciones sin garantías. Las SA (Sturm Abteilungen), dejaron pronto paso a las SS (Shutz Stulfen).
Tras la anexión de Austria y Checoslovaquia, a partir de 1938, fueron llegando a los campos de concentración los resistentes de esos países. Se abrieron, para darles cabida, nuevos campos: Mauthausen, Neuengamme o Ravensbruck, solo para mujeres este último (la separación de sexos, tenía también, intenciones eugénicas en el proyecto nazi). Antes de la guerra, pues, en cualquier caso, los campos de concentración permitían - en principio al menos- abreviar las condenas mediante trabajos forzados. El sabotaje, por otra parte, era castigado con la muerte.
La guerra - con su inmensa cantidad inicial de prisioneros- exigió todavía la apertura de nuevos campos: Stutthof, Flössenburg, Auschwitz, Gross Rosen, Theresienstadt, Bergen-Belsen y los situados entre el Vístula y el Volga - Belzec, Maidanek, Sobidor, Treblinka -. Los habitantes de los campos de concentración fueron entonces, además de los habituales hasta el momento, todo tipo de polacos, belgas, holandeses, franceses, griegos, yugoslavos y, muy abundantes en este caso, soviéticos.
La economía de guerra, la necesidad de movilizar al total de la población para la producción bélica, se extendería también a los pobladores de los campos, a partir, sobre todo, de 1941. Surge ahí la primera contradicción, brutal, entre economía e ideología que pueda dar al traste con su esfuerzo: explotados al máximo los prisioneros para obtener ese trabajo de bajísimo costo, surgiría también en algunos de sus celadores - y surgiría poderosísima, insana- la tensión hacia su exterminación. Los campos de concentración, de una manera u otra, iban a convertirse en campos de muerte. Los dirigentes de la economía por su parte, tratarán siempre de seguir explotando al máximo, hasta la extenuación, la fuerza de trabajo de los prisioneros, los miembros de la SS, por el contrario - el mismo Himmler, desde luego -, perseguirán a ultranza la aniquilación gratuita, la asfixia de los hombres, mujeres y niños - útiles para el trabajo, no- en las cámaras de gas, o buscarán la desaparición colectiva, abrasados, en las fosas cubiertas con cal viva.










