Proyecto Manhattan, mayo de 1945: No hay bomba.
El 3 de Marzo de 1945 el senador James F. Byrnes escribió un memorandum dirigido al presidente de los estados unidos en el que le detallaba los resultados del proyecto Manhattan, así como el abusivo coste de dos billones de dólares gastados en el proyecto. Además solicitaba la suspensión de las investigaciones, dado el rumbo de la guerra y del éxito de los bombardeos convencionales. En mayo la desesperación en el proyecto Manhattan es total: hace tiempo que se ha renunciado a la construcción de una bomba operativa de uranio 235, y aunque se ha producido cantidad suficiente de plutonio 239 (unos 15 kilogramos) no se ha encontrado aún el método de hacer implotar la bomba de plutonio.
Como resultado en Junio de 1945 son muchos los políticos americanos que claman por una finalización inmediata de los gastos disparatados de la investigación atómica, ya que estimaban que la guerra estaba prácticamente ganada y que los brutales bombardeos de los B-29 contra Japón eran presión suficiente para terminar la guerra.
Pero al parecer la bomba atómica se había convertido también en un “arma diplomática” para el presidente Truman: su uso impune forzaría una rendición instantánea del Japón y sería un serio aviso contra el peligroso expansionismo soviético.
Los fusibles infrarrojos de Von Ardenne y la bomba de plutonio.
Manfred Baron von Ardenne
Cuando el submarino U-234 se rinde en el puerto de Portsmouth, un supuesto comandante del ejercito americano llamado Álvarez habla con la tripulación alemana del navío, y posteriormente se hace acompañar por el oficial Schlike, al parecer un experto en sistemas de detonación por infrarrojos que también viajaba en el enorme submarino. Además el “comandante” Álvarez se lleva del buque unos 1200 fusibles de infrarrojos inventados por el científico alemán Von Ardenne, listos para ser usados.
El destino de ambos, Álvarez y Schlike, es el laboratorio de Los Álamos en Nuevo México, donde se desarrolla el grueso de los trabajos del ultra secreto proyecto Manhattan. El equipo de investigadores de Los Álamos tiene un serio problema: aparentemente han conseguido fabricar suficiente plutonio para terminar una bomba atómica, pero no consiguen hacerla explotar.
Para ello necesitan que una pequeña esfera formada por 32 porciones de explosivo juntadas de una forma similar a un balón de fútbol exploten simultáneamente en una fracción de segundo. Dicha explosión provocaría la implosión de una bola de plutonio, forzándola a alcanzar la densidad y masa crítica necesarias para provocar la deflagración atómica. Durante mucho tiempo han estado ensayando métodos electrónicos de detonación, pero leves diferencias de velocidad en la activación de los fusibles de detonación hacen que los explosivos no exploten simultáneamente, y por tanto la implosión del plutonio no tiene lugar.
El oficial alemán capturado Schlike les da la solución: usando los fusibles infrarrojos inventados por Manfred Baron von Ardenne para el régimen nazi, se consigue que los 64 fusibles que envuelven a los 32 segmentos de explosivo convencional detonen a la velocidad de la luz, simultáneamente y provocando la implosión necesaria del plutonio. Es el propio Schlike quien instala los fusibles de la bomba de la prueba de Trinity, que se hace estallar el 16 de Julio de 1945 en el desierto de Nuevo México. Es, según la versión oficial de los vencedores, la primera explosión nuclear de la historia.
Cuando el artefacto explota a la primera, todos se sorprenden de la potencia de la deflagración. Todos menos Schlinke. Tras la guerra el oficial alemán seguiría trabajando en el proyecto nuclear americano, beneficiado por el programa Paperclip de reclutamiento masivo de científicos e ingenieros nazis.
¿Y el comandante Álvarez? No existió nunca tal comandante. El responsable del sistema de detonación del plutonio del proyecto Manhattan, el Dr. Álvarez, se había disfrazado de militar americano con objeto de ganarse más fácilmente la confianza de los militares nazis. Más tarde Álvarez pasaría a la historia como el hombre que había resuelto el problema de la implosión del plutonio en el último minuto. También se haría famoso por su teoría de la desaparición de los dinosaurios a consecuencia del impacto de un meteorito, y ganaría finalmente el Nóbel de física por sus descubrimientos en el campo de la tecnología de infrarrojos.
60 kilos de U235 sobre Japón.
El 16 de Julio los científicos del proyecto Manhattan hacen explotar su primera bomba en Alamogordo, una bomba de plutonio. No hubo más pruebas, la bomba de plutonio funcionaba.
Sin embargo, lo que cayó sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945 no fue una segunda bomba de plutonio. Era una bomba conteniendo 60 kilos de uranio 235. Una bomba que jamás había sido probada y de la que se desconocían los efectos de su explosión. Más tarde, ante las sospechas que provocó la falta de pruebas previas realizadas con la bomba de uranio, los responsables del proyecto Manhattan argumentaron que se trataba de una bomba mucho más simple que la de plutonio, que al igual que en un fusil se activaba disparando una carga subcrítica de uranio sobre otra masa subcrítica. Afirmaban que estaban tan seguros de la explosión que estimaban que no era necesaria una prueba previa. Se desconocía si la bomba de 60 kilos de uranio era más potente que la bomba de 15 kilos de plutonio probada el 16 de Julio. No se sabía tampoco si podía provocar la temida reacción en cadena atmosférica, extendiendo su efecto a todo el planeta.
A pesar de todas estas importantísimas cuestiones la bomba es dejada caer sobre la ciudad japonesa antes que la ya probada de plutonio. Existía otro grave riesgo: para provocar el máximo daño con la explosión, el mecanismo de disparo de la bomba debía detonar a unos 600 metros del suelo, lo que se conoce como “ground zero”. Para ello la bomba llevaba un delicado sistema de presión atmosférica controlado por un circuito electrónico muy sensible.
La bomba debía ser montada y armada en vuelo, pocos minutos antes de ser lanzada, con objeto de que la radiación emitida por el hiper-activo uranio 235 no dañara los circuitos de disparo y provocara el ingenio no explotase en el momento adecuado, o lo que es aún peor, que diera lugar a una explosión precipitada en vuelo. A eso hay que añadir el riesgo estadístico: casi un diez por ciento de las bombas convencionales lanzadas durante la segunda guerra mundial no explotaron. Además la bomba llevaba un pequeño paracaídas que frenaba su descenso, con objeto de evitar que una variación de presión por la velocidad de caída la hiciera explotar en una cota inadecuada. Eso significaba también que la bomba, de no explotar, caería intacta en el bando japonés.
El hecho de que la bomba de uranio pudiera caer sin explotar en manos enemigas podría acarrear consecuencias gravísimas e imprevisibles: los japoneses tendrían a su disposición 60 kilos de uranio 235 puro, que podrían usar rápidamente en un ataque de respuesta contra los estados unidos. El grado de avance del programa nuclear japonés estaba lo suficientemente desarrollado como para entender la mecánica de la bomba de Hiroshima. De hecho, al finalizar la guerra fueron incautados a los japoneses dos ciclotrones y al menos cinco reactores nucleares en construcción en Japón y Corea, aunque el estado de desarrollo de dichos reactores es todavía un misterio no desclasificado por el gobierno de los estados unidos. También se requisaron a los japoneses varios cazas y cohetes operativos idénticos a los usados por los alemanes.
Es fácil encontrar documentación sobre el proyecto de la bomba de plutonio. Cada una de las fases de su desarrollo esta suficientemente explicada en miles de artículos y declaraciones efectuadas por los artífices del proyecto Manhattan. Sin embargo, es mucho más difícil encontrar documentación desclasificada de la bomba de uranio lanzada sobre Hiroshima.
Dicha bomba y su uso sigue provocando entre historiadores y expertos agrias discusiones acerca de su verdadera naturaleza. Pero la contestación definitiva a todas las cuestiones suscitadas puede ser resuelta con una sencilla explicación: la bomba de uranio de Hiroshima ya había sido probada con anterioridad por los alemanes en un remoto bosque siberiano.
Oppenheimer, Churchill y el General Putt hablan.
9 de agosto de 1945. Los japoneses se rinden, la guerra ha acabado y el estado de euforia general entre los aliados hace que se baje la guardia ante la prensa, desapareciendo temporalmente el severo secretismo practicado en el bando vencedor. Incluso los científicos implicados en el proyecto Manhattan hacen declaraciones a la prensa, entre ellos uno de los principales responsables del mismo: Oppenheimer afirma en una inocente entrevista sobre los apuros y prisas que la bomba de plutonio había ocasionado a su equipo de trabajo. Al ser preguntado por la bomba de Hiroshima la respuesta rápida: era una bomba que lo alemanes ya habían probado, no había nada que investigar, solo usarla. Pero Oppenheimer no fue el único en ser generoso con sus respuestas.
El día 26 de agosto de 1945 apareció en todos los diarios del mundo, incluido “The Times” y el “New York Times” una intrigante nota de prensa emitida simultáneamente por el gobierno ingles y por el ejercito norteamericano, en base a los resultados de la investigaciones efectuadas por el grupo CIOS de inteligencia aliada: el comunicado habla del avanzado estado de la investigación nuclear alemana, de la importancia del material incautado a los nazis y de sus repercusiones en la victoria sobre Japón. También se hacia mención a los cohetes intercontinentales alemanes ya desarrollados y a los sistemas de antirradar implementados en los aviones y submarinos nazis al final de la guerra.
Son dignas de señalar las declaraciones efectuadas por el teniente coronel John A. Keck, jefe de inteligencia e investigación de armas enemigas del SHAEF,, le comunicó a Clark Kinnaird: “..los alemanes no estaban satisfechos con los horribles efectos devastadores de las V-2. Sin embargo ellos desarrollaron un sistema para lanzar las V-2 desde submarinos inmersos y estuvieron trabajando en un cohete llamado A-10 con una alcance de 3000 millas, cuando llego el día de la victoria en Europa. Tenían planes para un “ingenio de la muerte”, que mataba cualquier cosa en su enorme radio de acción: cualquier cuerpo con agua era convertido al instante en vapor, cualquier bosque arrasado por el fuego, cualquier ciudad desintegrada”. Clark Kinnaird publicaría dicha información en la página 78 de su libro “The Black Book Of Fascist Horror” publicado por Pilot Press en Junio de 1945. De dicho libro se distribuyeron sólo dos mil ejemplares antes de su retirada por el gobierno americano. La bomba atómica era secreto: aún no había sido lanzada sobre Hiroshima.
La primera frase pronunciada por un autocomplaciente Reichmarsall y jefe de la Luftwaffe Herman Goering al ser detenido fue: “…han tenido mucha, mucha suerte de que la guerra no haya durado unos meses más..”.
Tras cincuenta años de sequía informativa provocada por los vencedores, hemos ido conociendo paulatinamente la realidad de los programas de cohetes y de aviones a reacción nazis, los planes sobre armas químicas y bacteriológicas o los nuevos submarinos y su influencia capital en el desarrollo de todo tipo de armas tras el fin de la guerra mundial y en el programa espacial de ambas superpotencias.
Sin embargo no es pública todavía la documentación incautada referente al sofisticado programa atómico alemán. El primer ministro Winston Churchill y el general Putt, al mando del grupo de ejércitos americanos en Europa, declararon públicamente y sin ambigüedades en Agosto de 1945, ya terminada la guerra contra Japón que los alemanes disponían de dos bombas atómicas totalmente operativas al finalizar el conflicto, así como ingentes cantidades de armas nuevas a punto de entrar en combate.
Cruzar el atlántico en 17 minutos.
The New York Times
The Times
Gracias en gran parte a la caída del muro y a la reunificación alemana, que ha traído aparejada la liberación de muchos documentos que estaban en manos de los países que se alineaban hasta hace poco con el bloque soviético, hemos podido certificar la realidad de las afirmaciones expresadas en el “New York Times” y el ingles “Times” del día 26 de Agosto de 1945.
Uno de los aspectos más llamativos de dicho comunicado era la supuesta existencia de cohetes intercontinentales, capaces de bombardear objetivos situados al otro lado del atlántico y alcanzarlos en apenas un cuarto de hora. Ya no es ningún secreto los planos, diseños e incluso fotografías mostrando misiles operativos nazis, como el Rheinbotte de cuatro fases, la espectacular lanzadera espacial tripulada A-4b, el Waserfall anti-aéreo o el descomunal A-9/A-10 de dos fases, en sus versiones de bombardeo tripulado y misil balístico.
Pero aún más intrigante es el proyecto de bombardero antipodal Sänger, que lanzado desde una plataforma de tres kilómetros de longitud era capaz de bombardear desde el espacio cualquier objetivo terrestre en menos de media hora, volviendo a continuación a su base de origen, mediante un ingenioso sistema de reentrada por rebotes en la atmósfera. Un buen ejemplo de la importancia dada a dichos descubrimientos nazis estriba en un suceso ocurrido en Paris en el año 1956: un comando ruso secuestra al matrimonio Sänger en Francia, con objeto de que estos desarrollaran para Stalin el proyecto de bombardero antipodal “Silverbird” .
Existen indicios suficientes para demostrar que todos estos proyectos fantásticos estaban siendo desarrollados en las profundidades de las factorías subterráneas de Turingia, y la abundante documentación fotográfica muestra que muchos de esos ingenios fueron algo más que prototipos experimentales.
Preguntas sin contestar.
Según se relata en las memorias de Winston Churchill, durante la conferencia de Postdam a finales de Julio de 1945, él y Truman decidieron contarle a Stalin que habían probado con éxito una bomba de gran poder destructivo en Nuevo México. Para sorpresa de ambos, el dictador ruso contestó con total indiferencia: “¿…también habéis conseguido una bomba atómica?..que suerte!. Esa bomba es tremenda. Tirádsela a los Japoneses.” No hubo más preguntas por parte de Stalin.
En mayo de 1945 Heinrich Himmler mostraba una inaudita autoconfianza en su futuro inmediato. Según se puede leer en la autobiografía de Speer, el Reichführer Himmler tenia cartas que jugar con los vencedores, cartas que le permitirían ayudar a vencer a los japoneses en el pacifico y a los rusos en el inminente conflicto mundial que muchos creían inevitable entre occidente y el bloque soviético. Pero se adelantaron sus dos hombres de confianza, el jefe de la Gestapo Müller, entregando el submarino U-234 a los americanos a cambio de una nueva vida, y también el General Kammler, poniendo a disposición de los soviéticos los ingenieros y los secretos de los programas espacial y nuclear nazis. Al comprobar Himmler que su jugada ya no era útil a ninguno de los dos bandos aliados, cometió suicidio mediante la ingestión de una cápsula de cianuro el 23 de Mayo de 1945.
El 21 de Junio de 1946, durante el juicio de Nüremberg, el fiscal Jackson pregunta a Speer acerca de la explosión de un artefacto nuclear en las cercanías de Auschwitz, explosión aparentemente realizada con objeto de desintegrar a 20.000 judíos atrapados en el interior de una pequeña aldea construida para el evento. Speer negó tal posibilidad, argumentando que, por lo que él conocía, no había programa atómico alemán alguno para fabricar una bomba. Esta misma pregunta le fue realizada a otros jefes del tercer Reich, pero sus contestaciones, así como muchas otras declaraciones efectuadas en el juicio, permanecen clasificadas y desconocidas para el público.
El 26 de Febrero del año 2001 la organización Simón Wiesenthal reclama a la CIA un esclarecimiento del destino sufrido por el Jefe supremo de la Gestapo, Heinrich Müller. Al parecer es detectable su presencia no solo en algunos documentos desclasificados relativos a campos de concentración americanos en 1945, sino en fotografías de la época que le muestran en el puerto de Portsmouth el 19 de Mayo de 1945, recibiendo al submarino U-234. Oficialmente Heinrich Müller cometió suicido el 28 de Abril de 1945, pero en 1973 el gobierno alemán, a petición de la familia de Müller, autorizó la exhumación de sus restos. Lo que se encontró en la tumba eran los cadáveres de tres soldados anónimos. Ninguno correspondía a Müller.
Como jefe de la Gestapo, fue el propio Heinrich Müller quien controló y planificó la carga y salida del U-234, según las ordenes recibidas por Hitler. Existe la sospecha fundada de que la CIA dió una nueva identidad al jefe de la Gestapo a cambio de la captura del submarino U-234 y los secretos atómicos nazis que transportaba.
Ya comenzado el siglo XXI, más de 300 millones de documentos sobre la Alemania Nazi permanecen retenidos en los archivos secretos de los Estados Unidos. En base al Acta de Libertad de Información, todo documento secreto debe ser hecho público antes de transcurrir treinta años desde su clasificación. El 16 de Febrero de 1999, el Departamento de Defensa americano declaraba en una carta publica, en su sección 13 -A2, que la desclasificación de todos esos documentos “…sería causa de un grave daño a la seguridad nacional”.
Casi sesenta años después de los hechos, muchos se preguntan cual es el contenido tan secreto y dañino de los papeles concernientes al Tercer Reich, cual es el peligro y por qué siguen clasificados y negados a la opinión pública y a la Historia de la Humanidad.
Supertecnología Nazi: Armas Secretas Alemanas
En los últimos meses de la II Guerra Mundial, los militares aliados, desde los pilotos de los bombarderos que diariamente arrasaban ciudades, nudos de comunicaciones y centro de producción alemanes, hasta los simples soldados de infantería, contemplaron con sorpresa cómo el armamento que empleaba el enemigo era cada vez más extraño y sofisticado, hasta el punto de llegar a crear un mito: la existencia, en la Alemania del año 1945, de armas maravillosas que a punto estuvieron de cambiar el resultado de la contienda.
El régimen nazi del III Reich tenía instalaciones para el desarrollo de proyectos militares que ni aún hoy han sido superadas.
Lo curioso de esta creencia es que en gran parte es verdad. Acciones ocasionales espectaculares llevadas a cabo por militares alemanes con sus nuevas armas, como la espectacular destrucción del puente de Remagen sobre el Rhin, en un audaz ataque de los bombarderos y cazas a reacción Ar-234 y Messerschrnitt Me-262, o la destrucción en Normandía de 25 carros de combate británicos en un solo día por un solitario carro Tiger, alimentaron aún más la convicción de que si la guerra no acababa pronto, los aliados podían encontrarse con un gran problema.
Hoy en día se sigue investigando cómo fue posible que Alemania, aun a pesar de ser una de las naciones más avanzadas del mundo pudiera desarrollar en tan poco tiempo máquinas tan asombrosas.
Lo cierto es que aunque la propaganda oficial aliada intentara convencer, a principios de los años ‘40, de la mente “cuadrada” de los alemanes y de su incapacidad para tener ideas originales que pudieran aportar nada nuevo al campo del armamento avanzado, el conjunto de creaciones fue sencillamente alucinante e incluía desde rayos sónicos para derribar casas hasta platillos volantes, desde fusiles que lanzaban balas que doblaban esquinas hasta cañones cargados con proyectiles de “aire”.
Afortunadamente para el mundo, los aliados contaron a su favor con factores de orden político y estratégico que entorpecieron el desarrollo de muchos de los programas de investigación del Reich en el campo militar, obligado a suspender algunos estudios revolucionarios, como fue el caso de las creaciones de Lippisch y sus extrañas aeronaves. Aunque los logros nazis no dejaron de ser irregulares y la propia amplitud de las investigaciones impidió que se lograsen buenos resultados, lo cierto es que a comienzos de 1945 los alemanes contaban con prototipos de armas que bien pudieran haber cambiado el resultado de la guerra.
El ingenio al poder
A comienzos del siglo XX el desarrollo de la ciencia en Alemania era tan alto que su capacidad de investigación e innovación no tenía rival entre los países desarrollados. La consideración social de los científicos era muy elevada. En los años ‘30 gracias a su fuerte sistema propagandístico, los nazis hicieron que los científicos y los técnicos gozaran de una estimación como nunca habían tenido, siendo común aspiración el poder incorporarse a estas profesiones y triunfar en su ámbito.
Con la llegada al poder de los nazis se fue produciendo un sutil cambio. El profundo antiintelectualismo del régimen nazi y su alejamiento de las doctrinas oficiales de los centros de investigación universitarios facilitó la búsqueda de soluciones originales, que permitieron alcanzar en los años ‘40 logros inimaginables una década antes.
Todos los expertos en armamento del III Reich han destacado un hecho evidente: si la investigación se hubiese adelantado tan sólo un año, el resultado de la contienda podía haber sido muy distinto. Cuando el alto mando de la Wehrmacht se dio cuenta de la utilidad de algunas de las creaciones de sus técnicos, la situación era ya muy mala, por lo que las prioridades alemanas se orientaron a las necesidades más inmediatas, es decir, las armas que podían tener un uso directo en la batalla, desatendiendo proyectos muy ambiciosos que exigían una elevada inversión en dinero y tiempo, algo con lo que el Reich no contaba.
No obstante, a pesar de la premura de tiempo, de la escasez de materias primas y de la situación en ocasiones agónica en la que se trabajaba, los investigadores alemanes llegaron a alcanzar cotas de creatividad que parecen sencillamente milagrosas. Hay razones que lo facilitaron; en primer lugar la evidencia probada de que toda guerra es un buen caldo de cultivo de toda clase de inventores pintorescos; en segundo lugar, las aplicaciones revolucionarias que a partir de 1943 los alemanes situaron en primera línea de batalla obedecía a la pura y simple confianza que los soldados tenían en la capacidad de sus técnicos y científicos. Las unidades de combate creían en sus prototipos más que en el propio Alto Estado Mayor. La técnica alemana aportó soluciones revolucionarias a los problemas derivados del combate moderno que incluso en nuestros días harían de la infantería alemana del año ‘45 un rival formidable para cualquier ejército moderno.
De la ciencia a la magia
Visión Nocturna
El primer ejemplo de investigación de “armas mágicas” nació a principios de los años ‘40, cuando los técnicos comenzaron a desarrollar visores capaces de ofrecer al soldado visión total y efectiva en la más completa oscuridad. En un principio consistían sólo en una pequeña cámara de mano que funcionaba como un revelador de fotografía, transformando los rayos infrarrojos invisibles en luz visible. Una lente convexa enfocaba los rayos hacia una pantalla, convirtiéndolos en rayos catódicos que eran dirigidos hacia una pantalla fluorescente, por lo que la radiación infrarroja se hacía visible como en una pequeña televisión. En un principio se probó con éxito como localizador de emisiones infrarrojas, lo que permitía atacar objetivos ocultos que produjesen calor (motores de vehículos, artillería, etc.).
Los modelos de radiadores infrarrojos del año ‘45 equipaban series completas de los más avanzados carros de combate (como el Tigre Real o el Panzer V) y eran capaces de localizar los vehículos enemigos con una precisión asombrosa. Algunos detectores podían situar la posición de una cañón enemigo a más de 130 km. de distancia, con un error de un minuto de arco. Los modelos más ligeros fueron instalados sobre fusiles de asalto STG-44, para crear unidades de cazadores nocturnos “nachtjäggers”, que equipados con el “ojo mágico” podían acechar a sus enemigos en medio de la noche. Estos asombrosos modelos funcionaban además con energía solar, recargándose con una exposición a la luz diurna de un cuarto de hora diario.
El soldado de infantería recibió también en los últimos meses de guerra algunas sorprendentes mejoras para facilitar su supervivencia. El más conocido es el Panzerfaust o terrible “puño de hierro”, arma antitanque de carga hueca fabricada de forma masiva. Asimismo, el profesor Schick, creador de los primeros blusones de camuflaje y el mayor experto de su tiempo en polimimetismo, llegó a elaborar un modelo llamado Leibenmuster para las SS, en un tejido similar al linen/rayón con una especial impregnación que le permitía evadir los rayos infrarrojos del enemigo. A este tipo de creaciones podríamos sumar los Goliath, ingeniosos robots blindados y teledirigidos por cable, que montados sobre orugas podían ser usados contra posiciones fortificadas, bunkers o carros de combate.
Pero en medio de tanta genialidad también aparecieron prototipos inútiles o anecdóticos. Un ejemplo fueron las armas capaces de disparar “al otro lado de la esquina”. Al parecer, la idea surgió entre los granaderos y fusileros que combatían en el frente italiano y que se encontraban, una y otra vez, envueltos en complicadas luchas callejeras, casa por casa. El artefacto, consistía en un sencillo sistema que añadía un pedazo de cañón curvo a la boca de un fusil STG-44. Se hacían algunos orificios en el comienzo de la curva para permitir el escape de los gases y frenar un poco la bala y se les acoplaba encima una mira telescópica voluminosa. Disparar esta arma producía un movimiento extraño, que además del retroceso hacia arriba hacía que la bala saliera exactamente a 30° de la línea original del cañón.
Más alto, más rápido, más lejos…
Pocas investigaciones militares alemanas han despertado más la imaginación popular que los diseños de naves voladoras de todo tipo. Es absolutamente imposible saber qué llegaron a idear exactamente sus técnicos y millares de documentos siguen en proceso de análisis. Pero de lo que no hay duda es de que constituyeron el primer paso hacia la astronáutica y que algunos diseños fueron tan alucinantes que son muchos los que se resisten a creer en su existencia.
Me-163 Horten XVIII
Los experimentos alemanes con aeronaves a reacción comenzaron en secreto en los años ‘30; a comienzo de los ‘40, los prototipos de aviones a reacción eran ya una realidad. Hubo decenas de proyectos que alcanzaron un estado muy avanzado y centenares que quedaron en el tablero de dibujo o que apenas pasaron de ser una ilusión. Nosotros no nos ocuparemos aquí de los sofisticados aviones que llegaron a volar durante la guerra, como el Heinkel He-162 “Salamander”, o los conocidos Messerschmitt Me-262 y Me-163, ni tampoco de las aeronaves de las que no hay pruebas sólidas de su existencia, como los platillos volantes Kügelblitz, sino de proyectos reales que de haber entrado en servicio hubiesen situado a la aeronáutica alemana décadas por delante de los aliados. Veamos algunos ejemplos:
• Focke-Wulf “1.000 x 1.000 x 1.000″: se denominó así en razón de los objetivos pretendidos: llevar mil kilos de bombas a mil kilómetros por hora y a mil kilómetros de distancia. Era un bombardero pesado con ala delta, que convertiría en escombros las ciudades inglesas y rusas. Con la velocidad prevista hubiese sido inalcanzable para los cazas aliados, como un fantasma.
• Bachem 8-349A1 “Natter”: Caza cohete de “usar y tirar” que llegó a realizar un vuelo de prueba tripulado. Se trataba de un avión barato concebido para destruir las formaciones de bombarderos enemigos. Pesaba sólo 1.960 kilogramos y tenía una longitud de 14 metros. El interceptor cohete se lanzaba desde una rampa y tenía que aproximarse a gran velocidad a un avión enemigo para lanzarle una descarga de doce cohetes antiaéreos de 73 mm. y luego huir, momento en el cual la cabina del piloto se desprendía y éste caía en paracaídas.
• Focke-Wulf Fw-03 “10.225″: En este caso los ingenieros buscaron un bombardero con capacidad para alcanzar los Estados Unidos. Era una nave enorme, con un fuselaje central y dos accesorios, que transportaría 3.000 kilogramos de bombas a 8.000 kilómetros de distancia. Armado con 9 cañones y 4 ametralladoras, y pudiendo alcanzar los 9.000 metros de altura, constituía un desarrollo magistral.
• Focke-WuIf “Triebfluegel”: el extraño coleóptero es uno de los primeros ejemplos de despegue y aterrizaje vertical. Aunque era un modelo factible que hubiese superado la velocidad del sonido, la apatía oficial impidió su construcción y estaba todavía en fase de diseño al acabar la guerra. Los tres largos brazos actuaban como las aspas de un helicóptero y elevaban al avión. Cada aspa tenía en sus extremos un pequeño motor a reacción.
• Horten Ho-IX-A: Ala voladora a reacción impulsada por los reactores y armada con cuatro cañones de 30 mm. Los trabajos realizados por los hermanos Horten no acabaron con el fin de la guerra, pues en Estados Unidos continuaron sus investigaciones en el laboratorio militar de White Sands, en Nuevo México, donde contribuyeron a los desarrollos de las primeras alas voladoras Northrop.
Misiles y cohetes: El arma decisiva
Los cohetes fueron los que dieron a los técnicos la esperanza de obtener un arma decisiva, y casi lo logran. Todavía hoy los Misiles Balísticos Intercontinentales ICBM siguen siendo el principal elemento de disuasión de las grandes potencias y todos, sin excepción, tienen su origen en los logros alemanes de la II Guerra Mundial y en los estudios de Tsiolkovsky, Goddard y Oberth, creadores de los primeros cohetes eficaces.
En una curiosa obra de 1923 titulada: “El cohete marchando hacia el espacio interplanetario” se abordó por vez primera el proyecto de crear un cohete no muy diferente de lo que luego fue el V-2. Sus ideas, continuadas por Poggensee y Winkler, fueron decisivamente apoyadas por la Oficina de Pruebas del Ejército y por la división de cohetes dirigida por el entonces capitán Walter Dörnberger, quien tenía como misión construir cualquier cosa que volase más alto, más lejos y con más poder que cualquier arma conocida.
Tras instalar un gran complejo en la isla báltica de Peenemünde, cientos de científicos, muchos sin saber qué finalidad tenían sus trabajos, crearon las bases de los primeros misiles teledirigidos del mundo: las bombas volantes V-1 y V-2. Pero Dörnberger no llegó a convencer a Hitler sobre su eficacia hasta 1943, momento a partir del cual gozó de fondos ilimitados.
Los nazis crearon los primeros misiles teledirigidos del mundo. También fueron los pioneros referente a tecnología de cohetes y misiles balísticos.
Además de estas armas de represalia dirigidas contra las ciudades aliadas (principalmente Londres), se idearon otros interesantes proyectos, como el BV-143 y BV-246, misiles crucero contra la navegación que debían volar a ras de agua; o la terrible SD-1400, una bomba antiblindaje con alas, que lanzada desde un avión hundió el acorazado Roma.
Sin duda de todas las armas antibuque la más conocida fue la HS-293 y sus sucesoras, que lanzadas desde aviones y guiadas por radio hundieron decenas de barcos aliados. Además, los resultados experimentales facilitaron la creación de cohetes susceptibles de ser usados como apoyo a las tropas de tierra. El catálogo era realmente impresionante, desde el Rheinbote (mensajero del Rhin), un terrible misil táctico tierra-tierra, lanzado por vez primera durante la ofensiva de las Ardenas en diciembre de 1944, hasta los primeros misiles antiaéreos como el Rheintochter. Y si el fin de la guerra no lo hubiera impedido, las V-9 y V-10 que se preparaban en abril del ‘45 en los complejos industriales subterráneos del macizo montañoso del Hartz hubieran permitido a los nazis bombardear los Estados Unidos.
A un paso de la ciencia ficción
A principios de los ‘40, el doctor Richard Wallauschek desarrolló un arma revolucionaria a la que denominó “cañón sónico”. Estaba formado por dos reflectores parabólicos conectados por varios tubos que formaban una cámara de disparo. A través de los tubos entraba en la cámara una mezcla de oxígeno y metano que era detonada de forma cíclica. Las ondas de sonido producidas por las explosiones, por reflexión, generaban una onda de choque de gran intensidad que creaba un rayo sónico de enorme amplitud. La nota aguda que enviaba superaba los 1.000 milibares a casi 50 metros. A esta distancia, medio minuto de exposición mataría a cualquiera que se encontrara cerca, y a 250 metros seguiría produciendo un dolor insoportable. Esta curiosa arma no fue nunca empleada en un campo de batalla (era muy voluminosa, pues el segundo reflector medía más de 3 metros), aunque hay rumores de que se usó con animales.
En cuanto al “rayo torbellino” se construyó en el Instituto Experimental de Lofer, en el Tirol austriaco. Diseñado por el doctor Zippermeyer, tenía como base un mortero de gran calibre que se hundía en el suelo y disparaba proyectiles cargados de carbón pulverizado y un explosivo de acción lenta. La mezcla, al explosionar, debía crear un tifón artificial que derribaría cualquier avión que se encontrase en las proximidades. La idea era buena y es probable que los cambios de presión hubiesen provocado una tensión en las alas suficiente para destruirlas. Aún más original era el “cañón de viento”. Feo y grotesco en apariencia, estaba construido con un gran caño curvo con un codo en forma de giba y apoyado en un enorme afuste. Era una maravilla de precisión química, pues actuaba con una mezcla crítica de oxígeno e hidrógeno en proporciones moleculares seleccionadas. Lanzaba, tras una violenta detonación, un proyectil de “viento”, una especie de taco de aire comprimido y vapor de agua con potencia suficiente para simular el efecto de una granada. Las pruebas se realizaron en Hillersleben y se logró destruir planchas de madera de 2,5 centímetros de grosor a 183 metros de distancia. Un prototipo experimental se instaló en un puente sobre el Elba poco antes de acabar la guerra, aunque nunca llegó a ser usado.
Bomardero Intercontinental Arado Ar. 555 E.
Otra extraña idea que ha tenido eco en la prensa más sensacionalista y conspiranoica es la “bomba endotérmica”, sobre la cual hay muy pocas pistas. Se trataba de bombas que serían lanzadas por aviones de gran radio de acción y con capacidad para, al detonar, crear una zona de intenso frío que congelaría en un radio de un kilómetro toda forma de vida de manera temporal. Esta ingeniosa arma “ecológica”, que no destruía el lugar ni las propiedades era muy apreciada, pues no generaba radiación.
Las investigaciones sobre alteración del clima en todas sus formas alcanzaron cotas que desconocemos, pues las pruebas fueron destruidas. No obstante los alemanes confiaron en estas armas climáticas hasta después de acabada la guerra, sin que sepamos todavía con qué objetivos. No es casual que la última unidad militar alemana que se entregara fuera la que ocupaba la estación de investigación metereológica de la isla ártica noruega de Spitzbergen, en septiembre de 1945, más de seis meses después de la caída de Berlín y sólo al saber que se había rendido Japón. Uno de los misterios de la II Guerra Mundial aún por desentrañar.
Las armas secretas no fueron meros caprichos ni rumores. Por el contrario, fueron creaciones sólidas, en ocasiones muy eficaces y con un poder aterrador; que hoy, en el siglo XXI, siguen despertando admiración, aun siendo la prueba viva de lo que el ingenio humano puede hacer cuando se conduce de manera fanática y cruel.
Imaginación Organizada
Los proyectos militares secretos son caros. Por eso, en la Alemania del III Reich, al igual que ocurre en la actualidad en los EE.UU., una parte considerable de la investigación se encontraba en manos de compañías privadas como Krup o Mauser, verdaderos macrocomplejos industriales con fábricas e intereses en todo el mundo, principalmente en América del Sur, lo que les permitió trabajar aislados y evadir las restricciones impuestas a Alemania por el Tratado de Versalles. Al frente de la investigación del Ejército se encontraba el ministro de Armas y Producción de Guerra dirigido por Albert Speer. De él, dependían el Hereeswaffenamt Prüfwesen, la Oficina para Armamento para el Ejército, conocido como Wa Prüf, y la Sección de Investigación de Armas o Waffen Forschungs.
Ambas organizaciones eran controladas por la Hereeswaffenamt u Oficina de Armamento dirigida durante la guerra por el general Becker y a su muerte por el general Leeb, quienes se organizaron en subdivisiones orientadas a cada tipo de proyecto: armas y municiones, señales, equipos ópticos y comunicaciones, ingeniería y cohetes. En la Marina había algo similar. Se trabajaba en subgrupos especializados y con apoyo de compañías privadas. La División Naval de Armanento Marine Waffenamt dependía también de Speer y contaba además con las divisiones experimentales, que filtraban cada proyecto mediante la aplicación intensiva de controles que garantizaban los mejores productos, con unos requisitos de calidad cada vez mayores. Pero sin duda por su complejidad y logros destaca la inmensa maquinaria creada por Göring para su Luftwaffe, la cual estaba bajo su total control, por encima incluso del poderoso Speer.
A través de la Techniches Amt dirigida por el general Udet, contaba con unidades especializadas en motores, armas, bombas y torpedos, comunicaciones y radares, equipo de tierra, etc. Con personal calificado, motivado y con salarios muy altos, los logros estaban garantizados. Los centros de trabajo como el Instituto Göring de Armas Aéreas, camuflado en el subsuelo de un bosque, tenían unas instalaciones tan formidables que ni aún hoy han sido superadas.
Guerra Biológica
Si en algo destacaron los alemanes en los siglos XIX y XX fue en la industria química. En el campo de los gases nerviosos, Alemania disponía desde el año 39 del Tabun (óxido de cianodimetilamonatosfosfina), al que siguió el Sarin (fluorometilpinacoliloxifosfina), y más adelante el Soman. Se trataba de líquidos incoloros que afectan a los centros nerviosos, provocando una muerte horrible acompañada de vómitos, náuseas, diarrea y contracciones musculares. Una décima de miligramo basta para matar a un ser humano. Los alemanes los probaron en campos de concentración, pero no se atrevieron a usarlos en la guerra por temor a represalias aliadas. En el campo de la guerra biológica desarrollaron un arma basada en el clostridium botulinum, bacteria que produce como sustancia residual de su metabolismo el toxin botulin, el veneno más poderoso conocido. Se diseñó un sistema de nebulizadores que podían soltar el veneno pulverizado en la niebla, para que el viento llevase la nube de muerte hasta Inglaterra. Por suerte, el miedo a un contraataque detuvo el proyecto.










