UNA POLÉMICA ABIERTA

UNA POLÉMICA ABIERTA

Los propios judíos han tendido a representar también el Holocausto como un asunto interno de su propio pueblo, sino de su exclusiva competencia, como una peripecia criminal que es decisiva para su historia interna y solo a ella vincula en desafío perpetuo, inolvidable. Al pueblo judío habría afectado intensamente - varios millones de muertos- el genocidio, y a él correspondería tanto la reparación como la venganza. Mucho se ha discutido no obstante a este propósito, pero todavía no se haya dicho posiblemente la última palabra: Cristianizar el Holocausto, se argumenta por los más radicales, conduce a diluir su significado real - aquel agravio inconmensurable al pueblo hebreo- en un conglomerado indiferente, el ámbito difuso de la humanidad, lleva a desvanecer -voluntariamente- culpas y responsables.
El estado de Israel intentó, por su parte, utilizar el recuerdo de la tragedia como garantía de su supervivencia, como razón de su legitimidad política y, casi también, como excusa y pago por adelantado para sus futuros atropellos. Y eso contribuyó también a dar a la experiencia concentracionaria nazi, en la memoria de los supervivientes tanto como en la de la mayoría de los historiadores, una peculiar naturaleza hebrea, un aire inconfundiblemente étnico y religioso, nacional en fin.
No todos los supervivientes, judíos incluso, se oponen sin embargo, a un reconocimiento extenso del territorio amplio, de los grupos sociales variados, a los que afectó el horror. Yehuda Elkana, un importante historiador de la ciencia que entró a los diez años en Auschwitz, levantó polémica en 1988 al proponer en un periódico israelí - Ha’retz -, y en lengua hebrea, empezar a olvidar: la historia y la memoria -escribió- son parte inseparable de cualquier cultura, pero el pasado ni es ni debe convertirse en el elemento determinante del futuro de una sociedad y un pueblo. Sin embargo, ese olvido, predicado por el hebreo Elkana, no parece ser el de que aquello no deberá suceder nunca más, sino de modo bien distinto, el más estrecho y circular de que eso no vuelva a sucedernos a nosotros…
Hay otros autores (como Zygmunt Bauman) que, desde la sociología, prefieren por su pensar - y argumentar - que el Holocausto fue un producto previsible de nuestra sociedad racional moderna, un espanto burocrático pensado y ejecutado en la culminación del desarrollo cultural humano, un desarrollo sólo comprensible en medio del proceso de civilización occidental. Es decir, que aquella aberración suscitada por la barbarie nazi, ha de ser entendida como un fenómeno típicamente moderno, incomprensible fuera del contexto de las conquistas técnicas y de la mentalidad cientifista. Por lo mismo sería, todavía, algo posible, por desdicha en la sociedad avanzada y tecnológicamente ritual en la que nos movemos. Al contrario de lo que pudiera parecer, esta reubicación de una página oscura -sin parangón amarga- de la historia Europea del siglo XX, no diluye en ningún sentido la memoria viva del Holocausto. La actualiza y la exige mas aún, trayéndola al presente sin posibilidad de absolución alguna. Y convirtiéndola, para los confiados y los incrédulos, sobre todo, en aviso alarmante de futuro, en poderoso antídoto contra cualquier especie de inercia moral, contra toda indiferencia política.
Pero, ¿qué fue exactamente del Holocausto? ¿Que quedo concernido en el ámbito del Universo concentracionario nazi?